domingo 15 de noviembre de 2009

Francia v Sudáfrica 2009


La melé, cómo no. Lo mencionaron los comentaristas de Teledeporte (por cierto, el himno sudafricano actual, el Nkosi Sikekel' iAfrika, nada tiene que ver con el Die Stem, y dicho sea de paso ayer daban ganas de quitar el sonido por el infumable acompañamiento que lo destrozó).

No scrum, no win. Pero hubo mucho más. Los alineamientos, donde la mejor pareja de segundas del mundo se vio superada por Nallet y Millo-Chluski y las demás combinaciones que ensayó Marc Lièvremont, especialmente con Chabal.

Así que está claro: en la época de la planificación y la tecnología aplicada al rugby, sigue habiendo principios inmutables. Las mejores opciones se logran desde agrupamientos que dominan los delanteros. Y lo de ayer fue una lección: si vimos a los Springboks retroceder metros y metros en rolling-mauls que acabaron por derrumbar, desesperados, los visitantes. Si vimos hasta dos melés conquistadas, como dicen los anglosajones, against the head, esto es, con introducción contraria. O innumerables recuperaciones de balón en el suelo dignas del mejor trabajo oscuro de las delanteras que dirigieron Jêrome Gallion, Pierre Berbizier o Fabien Galthié cuando vestían el nueve de Francia. Y contemplamos la mejor defensa que se puede hacer: la que ataca al portador del balón, y valga para ello el placaje de Chabal a Steyn del minuto 70, o el trabajo de Dusatoir y Picamoles. Y además destellos del juego brillante de tres cuartos de siempre, que por cierto desuso, no remató la extraordinaria faena de los ocho de delante. No me extraña que Barcella levantara los brazos en señal de triunfo: es joven y ya aprenderá contención, pero le disculpamos porque no creo que esperara que con Servat y Mas iban a destrozar a Smit, Du Plessis, Mtawarira y a Van der Linde. Pocas veces veremos a una primera línea sudafricana humillada: el que grabara el partido que lo conserve, que será un clásico para especialistas. Ahora, que no se confíen. Que Samoa no es un rival menor. Y no es que no vayan a analizar el partido de Cardiff hasta la saciedad en el cuartel general francés, es que Les Bleus se tienen a sí mismos como sus peores enemigos. Capaces de lo mejor, como la derrota que propinaron a Gales en el pasado VI Naciones, para ser humillados una semana después en Twickenham por unos ingleses que pasaron por el Torneo sin pena ni gloria.


Debe estar orgulloso, de momento, Didier Rètiere, el entrenador de delanteros del XV de Francia. Ya veremos que pasa el día 28 frente a los All Blacks. Si siguen así puede repetirse los de Nantes en 1986 o lo de la Copa del Mundo de 1999 o lo de la gira de 1994 con aquel ensayo memorable de Jean-Luc Sadurny. Al fin y al cabo son especialistas en sorprender a los neozelandeses.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Rugby de Otoño: 1984


Rugby de los años 80 para recordar antes de los test-matches del Otoño. El Grand Slam de los Wallabies fue una sorpresa y todo un espectáculo en 1984.
Este año los Wallabies repiten gira por Europa, con las mismas citas que hace 25 años. ¿Repetirán? No es fácil. Irlanda es su principal escollo esta vez. De momento su partido más complicado ha sido contra mi equipo favorito de la Liga inglesa, el Gloucester, y ganaron 5 a 35.


Hace años que los seguimos, tantos como un cuarto de siglo por lo menos. 1984 fue especial, pues no dependimos solamente del vídeo grabado por alguien que viajaba a las Islas Británicas (a algunos les parecerá imposible la existencia sin la Red). En España pudimos ver un partido, en aquel maratoniano programa deportivo de los sábados por la tarde. Con las peculiaridades, eso sí, que hasta hace bien poco han caracterizado a las retransmisiones de nuestro deporte: se emitió en directo la primera parte y el bueno de Celso Vázquez nos remitió después de un partido de la Copa de Europa de balonmano, a una segunda parte en diferido, hora y media después, lo que no dejaba de ser un engorro para los que andábamos con el vídeo preparado.

campo-1984-grand-slam

Y fue en Arms Park, entonces el National Stadium y hoy el Millenium Stadium. Aunque para el purista aquel será para siempre el nombre del estadio de rugby por antonomasia. Visitaban los australianos Europa con un equipo muy renovado, fruto de exigentes planes pergeñados después de derrotas ignominiosas como las de los Setenta ante Tonga o los varapalos de esa misma década ante sus vecinos de la isla de la Gran Nube Blanca. El caso es que aquellos programas habían producido talentos como Nick Farr-Jones, Michael Lynagh, David Campese, Steve Tuynman o Tom Lawton. Venían acompañados por curtidos veteranos como el capitán de aquel equipo, Andrew Slack, centro, el barbudo segunda línea Steve Williams, el entonces más alto internacional, Steve Cutler con 2,03 estratosféricos metros, el mágico apertura digno epígono de una familia de genios como Mark Ella, o el emigrado cordobés Enrique Edgardo "Topo" Rodríguez, siempre apoyados por un fanático del trabajo como Simon Poidevin o un irregular pero portentoso zaguero como Roger Gould, un gigante de 1,95 m. y cien kilos de peso, que para la época eran de magnitud descomunal para el puesto que ocupaba. Todos dirigidos por un asesor del premier australiano, Alan Jones. Ese equipo había derrotado inopinadamente a los ingleses en Twickenham (3-19), en un partido tan bronco que dio con el talonador inglés Steve Mills y Mark McBain, el Wallaby, con sus huesos en el vestuario antes de tiempo, en un siglo en que las expulsiones eran más infrecuentes y eran juzgadas más severamente: ninguno volvería a vestir la camiseta de su país. Sin contemplaciones era el lema.



Los irlandeses cayeron en Dublín (9-16) a la siguiente semana, un 10 de noviembre, con actuación destacadísima de Mark Ella que anotó un ensayo y dos drops.



Así que los visitantes llegaban con buena moral a Cardiff, catorce días después, el 24 de noviembre, pero desconfiados de la suerte que les iba a deparar un dragón lejos de su mejor época, pero siempre fiero y apoyado por miles de gargantas, bien afinadas, por cierto. Nuestros galeses, permítanme la licencia, formaban con un equipo de transición. Ya no quedaban magos de la época dorada y desde 1979 penaban en el V Naciones sin mayor brillo que vapulear sistemáticamente a Inglaterra, pero doblando la rodilla ante el ascenso de los franceses de Gallion y Rives. Presentaron los galeses a Mark Wyatt (zaguero), Mark Titley (ala), Rob Ackerman y Mark Ring (centros), Phil Lewis (ala), Malcolm Dacey (apertura), David Bishop (medio de melé), Ian Stephens (pilier, sustituido por Jeff Whitefoot en el minuto 27), Mike Watkins (talonador y capitán), Ian Eidman (pilier), John Perkins y Bob Norster (segundas líneas), Alun Davies, Eddie Butler, David Pickering (terceras líneas) y los australianos a Roger Gould, David Campese, Andrew Slack, Michael Lynagh, Peter Grigg , Mark Ella, Nick Farr-Jones, Topo Rodriguez, Tom Lawton, Andy McIntyre, Steve Williams, Steve Cutler, Simon Poidevin, Steve Tuynman, David Codey. No hubo color. Desde el primer minuto el ciclón australiano dejó estupefactos a los incrédulos fieles del Dragón. Jugadas inesperadas desde golpes de castigo, combinaciones fulgurantes por el lado cerrado aprovechando la desbocada zancada de Campese, fina estrategia por parte de Ella y una ambiciosa delantera que con un titánico Rodríguez acabó en media hora con sus compadres galeses. Lawton, Lynagh, Tuynman (en el primer y único push-over try que he visto conceder a una delantera galesa) y Ella, por ese orden, más los golpes y transformaciones de Gould fueron los responsables del 9 a 28 final. Robert Norster, el segunda galés sería el único que iba a brillar durante esa década en el rugby del Principado, en el campo de juego, porque fuera de él, David Pickering, el flanker, es hoy el top-brass de la Welsh Rugby Union y Eddie Butler comentarista jocundo de la BBC. Aciaga década, tras las vacas gordas, para los orgullosos celtas.



Sin embargo, lo mejor estaba por llegar. En Murrayfield, un 8 de diciembre, día frío y lluvioso que John Beattie, el tercera-centro escocés nunca olvidará, porque le tocó verle el número 11 a "Campo" durante treinta metros, camino de una marca famosa del australiano que contempló desde el mejor ángulo posible. Los caledonios fueron barridos por 12 a 37, en la apoteosis final de una gira triunfal: trece partidos ganados (los cuatro tests) uno empatado y cuatro perdidos (con Cardiff y Llanelli, galeses, Hawick, escocés y Ulster, irlandés), de esos de los miércoles.



Acomódense y disfruten del mejor rugby del pasado.

INVICTUS

Parece que se estrenará en España en 2010. Sabemos que se ha tomado el libro de John Carlin ("Playing the enemy: Nelson Mandela and the game that made a nation") como referencia para el guión. Es un buen libro, lo leí en su versión inglesa, el paperback de 2009 de Atlantic Books, que en tapa dura se editó en 2008. Naturalmente el libro trasciende aquello que Mandela toma como motivo para su descabellado, arriesgado y ambicioso plan: la reconciliación y el desarrollo, las libertades individuales y los derechos de todos, la transición hacia un Estado aceptable en lugar del abismo de Rhodesia-Zimbabwe. Un sueño, para ser sinceros, inesperado. Lo previsible hubiera sido el enfrentamiento y la guerra, agitada por el rencor que poseía a los extremistas del Congreso Nacional Africano. Pero triunfó la decidida voluntad de un hombre magnánimo. Ya lo he contado en otra ocasión, aquí mismo.
Iré a ver la película, y me prometo no ser crítico con los detalles deportivos, que presumo cuidados. Haré abstracción de mis propias memorias y de aquella Copa del Mundo que nos apasionó y de la que guardo todos los partidos en mi colección. Olvidaré por esa vez aquel primer ensayo de Joel Stransky frente a Australia, en el partido inaugural, o su drop-goal de la final; los cuatro ensayos de Jonah Lomu frente a la Inglaterra de Will Carling, los hermanos Underwood, Dewi Morris o el hoy desterrado Deano Richards; las cargas inmisericordes de Josh Kronfeld, el bote-pronto increíble del mejor tercera-centro de la década (Zinzan Brooke) el día más infausto de los ingleses; la marca que no fue de la delantera francesa bajo el diluvio de Bloemfonteim, que supuso a los Springboks el pase a su final y que tan deportivamente aceptó el autor, Abdelatiff Benazzi; los cuatro ensayos del coloured Chester Williams frente a los durísimos samoanos; la desesperación de los Pumas de Lisandro Arbizu y Pedro Sporleder, fracasados en su tercera Copa del Mundo consecutiva o las maniobras inconfesables de Thabo Mbeki para asegurar el triunfo local frente a los favoritos All Blacks, porque el que habría de ser sucesor de Mandela carecía de sus virtudes y no sabía que aquello iba a ser innecesario, que los Bokke hubieran ganado de cualquier manera, pues se concitaban esas sensaciones que hacían de la ocasión un momento de sublimación de las esperanzas de millones de personas.
Por eso sólo veré la película como tal y confío en que no me defraude. Porque las peripecia vital de Nelson Mandela es de tal intensidad y sentido que por sí misma es ejemplar. Y porque los avatares de la fragmentadísima sociedad sudafricana (blancos anglosajones de corte liberal enfrentados a los periclitados mastodontes del Partido Nacional de Pieter Botha, extremistas fanáticos como Eugene Terreblanche y sus hordas de bebedores de coñac con coca-cola bajo las banderas de aspas dobladas, guerreros inkhatas de exclusiva obediencia a su rey Mangosuthu Buthelezi y mestizos, mulatos e indios de una u otra filiación política) y las vivencias de una variopinta selección de blancos sudafricanos, como el hijo del obrero Pienaar, el que estuvo a punto de morir en alguna reyerta callejera y que se jactaba de no haber perdido nunca en partido contra un colegio de "ingleses", o los gigantescos barítonos Balie Swart o Kobus Wiese, que conmovieron a la concurrencia con su primera interpretación a dúo del Nkosi Sikekel' iAfrika, o los avatares de Chester Williams hasta que fue aceptado por sus compañeros de selección, o las indisciplinas del anglosajón James Small, motivadas a veces por el rechazo de los altivos afrikaaners, sólo pueden haber hecho de la historia una película digna de ser vista.

Rugby añejo hispánico

Jeff Probyn y John Rendall en el Central de Madrid, en 1994

Fue un mes de mayo lluvioso. Lo cual prometía una ventaja más para los visitantes. Y no eran precisamente unos indocumentados, así que había que apretar los dientes y conjurarse, por más que por aquel entonces (eran los tiempos del rugby amateur, aunque en algunas latitudes ya se hablara de shamateurs) el Central estuvieran más habituado a visitas de entorchado anglosajón. Pero es que los visitantes penaban culpas de tres años antes. Una penitencia justa que pasaba por Lisboa y Madrid. Y todo por haberse dejado despachar por unos feroces samoanos y en su santuario. Claro es, se trataba del País de Gales, esa pequeña nación de cánticos y de verdes valles en el Sur y ventosas colinas en el Norte, de lanudas ovejas y de mineros. O eso dice el tópico, porque las minas cerraron, las ovejas emigraron a Nueva Zelanda, y de lo único que tenemos constancia que sobreviva son los cánticos y el rugby, que no es sino la otra manera de decir "Gales". Volvamos, sin embargo, a nuestra jornada. Decía que penaban los galeses por la Península Ibérica y que un miércoles 17 de mayo habían laminado a nuestros vecinos lusitanos por 11 a 102, así que la ilusión de recibir al Dragón se veía ensombrecida por el papelón que esperaba al cauto León, porque ya se sabe que los ibéricos han mantenido casi siempre un nivel similar, con lapsos de ventaja alternativos a uno y otro lado del Guadiana. Así que, tras el paseo lisboeta y en día más adecuado para el noble juego que nos ocupa, eran esperadas alborozadas y pletóricas multitudes en las gradas del Central. Como así resultó aquel 21 de mayo de 1994, en que contra viento y lluvia, unas decenas de miles de aficionados de toda España y parte del extranjero (a fe mía, que ese día conocí a John Paul Rendall y a Jeff Probyn, preclaros e insignes primeras líneas de Inglaterra con hoja de servicios impoluta) se dieron cita en la Ciudad Universitaria de Madrid.

La prensa especializada de las Islas Británicas había venido siguiendo los prolegómenos del partido entre divertida e interesada, pues era la primera vez en la joven historia de las Copas del Mundo en que uno de los grandes pasaba por el calvario de las fases previas. En cualquier caso lo venían juzgando como preparación para las giras del verano y semiasueto después del V Naciones y se prometían alineaciones innovadoras y prueba de jugadores, aunque los arquitectos "Chupao" Gutiérrez, "Gero" Hernández-Gil, el liceísta Jorge Gutiérrez, el entonces segundo de la selección, Santiago Santos, y el bien conocido Bryce Bevin, entonces seleccionador de España, advirtieran que no, que aquello iba en serio. Así lo recogía la edición del Rugby World de mayo de ese año, con fotos del Central, al que calificaba de "digno de un Segunda División inglés", y confusión genial al pie de una foto en la que junto a Santos figuraban el más alto dirigente federativo, homónimo del también bigotudo pero feliz y funcionarial habitante de Ferraz que anida en aquella Casa desde la Restauración canovista y que sólo se sirve a sí mismo, a quien tomaban por Presidente de nuestra bienamada FER.

Y tenían razón los españoles, porque los galeses habían exhibido su artillería pesada en Lisboa, y en Madrid no iba a ser menos, que el equipo de 1994 era mucho mejor que el que fracasó en 1991, de modo que jugaron con Andy Clement como zaguero, Ieuan Evans (capitán) y Nigel Walker como alas; Mark Hall y Nigel Davies como centros; Neill Jenkins y Rupert Moon como medios; Rickie Evans, Garin Jenkins y John Davies en la primera línea; Peter Arnold y Gareth Llewellyn en la segunda línea; Emir Lewis, Scott Quinnell y Mark Perego en la tercera línea, además de Anthony Copsey que sustituyó a Lewis en el minuto 40): exactamente el equipo del V Naciones de ese ejercicio. El resultado ya lo sabíamos todos, sólo se trataba de saber por cuánto, de unir a la fiesta de contemplar a los epígonos del Gales de la Edad de Oro, el prurito de la especialidad hispánica: la resistencia numantina. El resultado es lo de menos, ya lo verán en el vídeo adjunto o buscando en la red, lo notable es que los españoles dieron la talla: José Miguel Villau y Saul Espina, del Universitario de Sevilla; Fernando de la Calle y el malogrado José Ángel Hermosilla, "queseros"; los gechotarras Jonadad Díez, Jon Azkargorta, Unai Aurrekoetxea, Oscar Solano y Jon Etxeverría; Pablo Martín, Javier López Martín, Alejandro Miño y Javier Torres Morote, del Monte Ciencias; Francisco Puertas, entonces en el Aviron Bayonnaise, Alberto Malo de Santboi, el que fue amablemente invitado a volver al vestuario a ajustar sus tacos según cuenta la leyenda y todos vimos y no volvió al campo hasta el minuto cinco de juego; Javilón Aguiar, del Liceo Francés, Alvar Enciso y "Pirulo" Álvarez, "chamizos", "Chupao" Gutiérrez y "Gero" Hernández-Gil, de la Escuela y el bilbaíno Ignacio de Lázaro. Todos ellos a las órdenes del neozelandés Bevyn, quien pleno de confianza fue visto la noche anterior en un animado expendedor de zumos de cebada conocido en la capital del Reino como "The Quiet Man" (en la calle Valverde para ser exactos), y Santiago Santos, el que fuera talonador del XV español. Y fue toda una sorpresa, porque un equipo parecido había recibido una soberana tunda en febrero de ese año en Elche, frente a Emerging England. Así que aunque encajamos tres ensayos del mago Ieuan Evans, uno de Scott Quinnell, uno de Garin Jenkins y otro de Nigel Walker, junto con cinco transformaciones de Jenkins y tres golpes del mismo apertura, hubo partido. La misma revista inglesa precisaba en su número de julio: "Los españoles nos plantaron cara con inusitada dureza, y se mantuvieron así durante gran parte del partido, así que los puntos que obtuvimos nos alegraron enormemente", en palabras de su entrenador Alan Davies. O como dijo JPR Williams, a quien también conocí ese día, permítanme que lo diga, "...'twas a real rugby match" lo que no es poco en boca de tal personaje, y créanme que no fue cortesía británica.

(El texto de esta crónica se escribió a solicitud de nuestro buen amigo REXMAN, en cuyos dominios -Con H de Blog- podrán ver en tres entradas diferentes, de 15 de octubre, de 19 de octubre y de 27 de octubre el partido completo. Eran otros tiempos, antes de que el por llegar profesionalismo acabara de hacer insalvable el muro entre unos y otros. )

Las cosas como son



Wilkinson es un tipo sensato. Lo demuestra dentro y fuera de la batalla que es el el juego del rugby. Y para quien ha jugado 30 años a ese extraño pasatiempo algunas de esas cosas que dice, por más que vengan de un consagrado mito del rugby inglés, no son más que una obviedad, de esas que solamente a veces conviene repetir. El vestuario, antes de cada partido, es un lugar extraño. Silencioso a veces, bullicioso otras. Uno sabe precisamente como va a afrontar cada uno de sus compañeros esos minutos previos al choque. Uno conoce exactamente el aderezo de las palabras adecuadas para ese partido concreto, esas instrucciones que se repiten siempre, que se recuerdan aunque no sea necesario, que conforman el alma de cada equipo y que no suelen ser tan diferentes porque lo que marca la diferencia es ese otro cúmulo de circunstancias que han acontecido antes de llegar a ese momento. "La primera melé es la más importante, que sepan quienes somos desde el primer placaje, atención al primer up and under los de atrás, este árbitro no deja pasar una, juguemos al límite del reglamento". Esas cosas que el aficionado que nunca jugó dificilmente puede conocer y que hacen tan sutil la barrera entre lo tolerado y lo tolerable. Esos matices que impiden comprender decisiones y actitudes al espectador que no ha sabido del juego de los villanos desde sus años maleables. Esos detalles que al público común le hacen juzgar equivocadamente los que sucede entre palos y palos. Esos sucesos que exacerban los ánimos de los poco versados y que emponzoñan el ambiente, que si mal inevitable cuando se trata de noveles aficionados de esos que nunca jugaron, es pose desafortunada en los que pertenecen a la secta y responsabilidad compartida con aquellos que no supieron transmitirles nuestro carácter. Severo juicio merecen unos y otros. Claro que yo soy un viejo defensor del siglo XIX para estos menesteres.

Gran Slam 1971

...Para terminar bien el mes de agosto.

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Los Barry John, Edwards, JPR Williams, Gerald Davies, Taylor, Merwyn Davies y demás, en partido de V Naciones de 1971, el año del primer Grand Slam de la década prodigiosa (luego vendrían los de 1976 y 1978 y tres Triples Coronas en 1977 y 1979, sin contar con que en 1972 por los acontecimientos en Irlanda, el Torneo se suspendió). Además, el juego de los escoceses no desmerece aunque tuvieran que rendir Murrayfield, con el resultado más ajustado y después de remontar merced a ese ensayo prodigioso de Gerald Davies, y la mejor conversión desde San Pablo, como dicen en las Islas, lograda por el inefable flanker John Taylor. Derrotaron allí a un muy buen equipo escocés, con otro tercera pateador, Brown, y jugadores tan cabales como Sandy Carmichael, el pilier o el otro Brown, el segunda línea Gordon "The broon frae Troon", con dicción a la escocesa. Destellos todos de una galaxia ya muy lejana. Ni comparación con la mecánica y estéril empresa rugbística de la primera década del siglo XXI. Asqueados deben estar al conocer los sucesos del otro lado del Severn: lo del Bath y los 'Quins. Hablando de ingleses, en Twickeham doblaron las rodillas ante los del Principado de esa añada. Aquí queda constancia, como casi siempre con la voz de Bill McLaren. Ni los Duckham ni los Pullin pudieron con los magos del Oeste.
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Pues sí, ante el panorama que se avecina, nos damos a la nostalgia. Así que sigamos con los Diablos Rojos de 1971. Hoy en su partido frente a Irlanda, en Cardiff. El partido en que ganaron la Triple Corona de 1971, último episodio de la lucha fratricida de ese año antes de cruzar el Canal de La Mancha. Los irlandeses no midieron sus fuerzas y se entregaron, como tantas veces antes de la era O'Driscoll, sin mesura, durante el primer tiempo, que fue suyo. No importó a los rojos, que conocen las exigencia de su divisa: Ich dien. Así que, como el motor que sale del rodaje, alcanzaron su mejor par al inaugurarse la segunda mitad. Sobrios, calmados, sabios, contuvieron los delanteros locales a los titánicos irlandeses, más fuertes, más pesados, más torpes. Aseguraron sus posesiones y desataron el rayo y el trueno del Olimpo de los Valles del Sur, presidido por Edwards y John. Una brillante generación de bravos irlandeses veía, otra vez, como la Fortuna se conjuraba contra ellos, postergados por una conjunción de temple, estrategia y genio diseñada por una común inteligencia, sutil y poliédrica. Sólo los Lions de 1968 o 1971 o 1974 resarcieron, no sé si suficientemente, a los Mike Gibson, Willie John McBride, Fergus Slattery o Ray McLoughlin.

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1971 fue especial para País de Gales: ningún equipo, jamás, ha ganado el Torneo solamente con dieciséis jugadores, capitaneados por el centro Sidney John Dawes, que con el tiempo acumularía, también, honores en los Lions y como seleccionador y entrenador de su país. Aquellos dieciséis fueron: J.P.R. Williams (London Welsh), T.G.R. Davies (Cambridge University & London Welsh), S.J. Dawes (London Welsh), A. Lewis (Ebbw Vale), J.C. Bevan (Cardiff), B. John (Cardiff), G.O.E. Edwards (Cardiff), D.B. Llewellyn (Llanelli), J. Young (Harrogate), D. Williams (Ebbw Vale), W.D. Thomas (Llanelli), M.G. Roberts (London Welsh), W.D. Morris (Neath), T.M. Davies (London Welsh), J. Taylor (London Welsh), I. Hall (Aberavon). Sorprende que no estuvieran J.J. Williams o Phil Bennett en el mejor equipo galés que haya jugado un V Naciones. Bennett había debutado ya, como zaguero, pero esos eran los dominios de John Peter Rhys Williams (que empezaria a ser conocido como JPR cuando el otro Williams, John James, entrara en el equipo), así que tuvo que esperar a la retirada de Barry John para hacerse con el nº 10. Ninguno de ellos iba a desmerecer a sus predecesores.

Magia Roja otra vez

Eddie Butler fue un buen jugador. Dieciséis caps, nº 8 y capitán de País de Gales en la primera mitad de los 80, que no fue una época especialmente boyante para los Dragones, acabada la generación de Oro de los Bennett, Edwards, Williams (ambos) y compañía. Fue Barbarian y Bristish Lion. Jugó su último test-match el 24 de noviembre de 1984, en la debacle de Arms Park (por entonces lo llamaban National Stadium, antes de volverlo a cambiar por Millenium Stadium), frente a los Wallabies de Mark Ella, Roger Gould, Simon Poidevin y los noveles Campese, Linagh, o Nick Farr-Jones.Yo le conocí en Madrid, un año que anduvo por la capital del reino por motivos de trabajo o negocios, durante un invierno gélido. Ahora es un buen comentarista de la BBC, de la escuela del gran Bill McLaren. El vídeo que acompaño ha sido retirado de diversos servidores una y otra vez, supongo que a instancias de la emisora inglesa, pero yo lo guardé. Y aquí lo dejo, para deleite de los adictos.

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Los dos del geógrafo desempleado, en 1988 y 1993; el del sagaz apertura que superó a White en la carrera, en 1988 y el de el "pilier más rápido del mundo" en 1999, son mis favoritos. El último lo ví en un garito de Greenwich, rodeado de ingleses, naturalmente, y el bote de satisfacción por la marca galesa me delató. Tuve unas palabras con un par de furibundos hinchas, a los que la ingesta de espirituosos les hizo olvidar el código de hermandad entre rugbistas del Universo Mundo. Me retiré discretamente cuando dejé de entender lo que me decían. Y eso que ese Torneo, el último V Naciones, se lo llevó Escocia.